Quienes solíamos ser

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Titulo: Quienes solíamos ser
Titulo original: In Searh Of
Autor: Ava Dellaira
Editorial: VRYA
Genero: Drama, realismo

Lee las primeras páginas

CAPÍTULO 1

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HOY Marilyn cumple diecisiete años. Mira fijo sus propios
ojos reflejados en la ventanilla del auto, superpuestos
sobre el hombre parado en la esquina con un letrero de
efectivo por oro, y la mujer que empuja el carrito de compras cargado
de botellas ruidosas. Pasan una estación, Arco, donde una pandilla
de muchachos con gorras de béisbol puestas al revés se lleva cigarros y
refrescos. La parte trasera de sus muslos se pega al asiento, y siente el
sudor perlando el nacimiento del cabello. Están inmersos en la típica ola
de calor que suele golpear a Los Ángeles al final del verano. Afuera debe
hacer, por lo menos, treinta y ocho grados, y el aire acondicionado del
Buick modelo 1980, cargado de cajas, no funciona.
–Solo es por un tiempo –su madre, Sylvie, continúa parloteando–.
Hasta que consigamos algo, sabes. Tienes tu cita con LA Talent en un par
de semanas.
Marilyn asiente sin voltearse hacia ella.
El último casting (en el que hubiera desempeñado el rol de uno de los
miembros de una familia de cuatro que salía a comprar una TV) fue un
verdadero desastre. Sabía lo que estaba en juego, y durante toda la mañana,
sentada junto a las otras chicas en la sala de espera, había sentido
náuseas y una opresión en el pecho. Intentó concentrarse en su libro –El
álbum blanco, de Joan Didion–, pero quedó atascada en el primer párrafo,
incapaz de concentrarse, mientras leía y releía la primera oración: Nos
contamos historias a nosotros mismos para poder vivir. Al pararse delante de
la cámara, advirtió que apenas podía respirar.
Cuando su madre la pasó a buscar, Marilyn no mencionó la sensación

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de pánico, el mareo ni la asistente del director de reparto que, mientras le alcanzaba un vaso de agua, lanzaba al director del otro lado de la sala una mirada que indicaba su desprecio. Soportó el gesto de profunda decepción de Sylvie –la tensión de sus cejas enarcadas– cuando una semana después, mientras cenaban una porción de comida congelada, se enteraban de que Marilyn había vuelto a fallar. Su madre colgó el teléfono y fijó la mirada a través de la ventana, contemplando la piscina y sus camastros de plástico, mientras Marilyn movía un trozo de brócoli marchito en su plato.
Luego de un largo instante de silencio, Sylvie se sirvió una tercera copa de vino blanco y se volvió hacia ella.
–En realidad, este lugar es un páramo. He estado pensando en que deberíamos mudarnos al norte, cerca de Hollywood, para estar más cerca de todo –dijo con alegría forzada–. Quiero decir, quién sabe, podrías cruzarte con un director de casting en el supermercado –como si no estuvieran huyendo del apartamento cuyo alquiler no habían pagado en varios meses.
Marilyn sabe que su madre la dejaría posar desnuda en una fotografía (como la chica que aparece tumbada en la cartelera de la autopista, promocionando jeans) si con eso obtuvieran el dinero para conseguir una casa recién estrenada sobre los cerros que rodean la ciudad, dominándolo todo, a donde ella cree que pertenecen. Por lo que a Sylvie se refiere, una vida nueva y mejor está a la vuelta de la esquina, y la puerta giratoria hacia el futuro, a solo un paso.
Es posible que de niña, Marilyn creyera en los sueños de su madre de vivir en un lugar mejor, pero a esta altura, ha renunciado a atravesar la puerta de sus fantasías. Se aferra al pensamiento de que solo falta un año para cumplir dieciocho, irse a la universidad y comenzar una vida propia. Ve el futuro como un pequeño diamante de luz al final del túnel; aprendió a fijar la mirada en él, a luchar por alcanzarlo, a no perderlo de vista.

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Un auto hace sonar el claxon cuando Sylvie detiene el tráfico que está detrás para girar a la izquierda en Washington Boulevard. Marilyn percibe el aspecto chamuscado de las calles; el olor a carne que sale flotando de un camión de tacos, mezclado con el ligero aroma del océano; la buganvilla colorida que trepa por una cerca de alambre.
Sylvie ignora el claxon y conduce el Buick hacia South Gramercy Place. Marilyn reconoce vagamente la calle residencial bordeada de apartamentos ruinosos. Una de las pancartas publicita un depósito reducido. Advierte un macetero rojo colgando de una ventana, una cuerda donde la ropa se agita como si fueran banderines. Un hombre se encuentra apoyado contra la pared del edificio más abajo, dando caladas a su cigarrillo.
–Marilyn, mira. Desde aquí se ve el letrero –el auto gira bruscamente en la mitad de la carretera cuando Sylvie se voltea en su asiento para señalar las letras blancas: H-O-L-L-Y-W-O-O-D en la montaña que se encuentra a la distancia, resueltamente erguidas a través de la bruma que acarrea el calor del verano.
–Ajá –Marilyn hace lo posible por ignorar el temor que crece en su pecho mientras continúan circulando calle abajo y se detienen ante el 1814 –un dúplex de dos pisos en la esquina, con un revoque rosado que se desmorona y un jardín descuidado, donde unos pocos naranjos sobreviven a pesar de todo.
La voz de Lauryn Hill asciende desde una radio en el apartamento de abajo: “How you gonna win”… Sylvie tantea debajo de la alfombrilla buscando la llave; con el calor los rizos de su cabello rubio teñido caen sueltos y se pegan a sus pálidas mejillas. Al entrar, Marilyn se siente

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transportada en el tiempo por el aroma familiar: una mezcla extraña de cigarros, perfume de ambientes y carne cocida.
Los muebles están ubicados sin orden alguno en la sala: un sofá desa-
lineado ligeramente con respecto a la pared; la mesa de centro arrimada diagonalmente contra aquel con un recipiente de dulces que mayormente está repleto de envolturas de caramelos masticables. El sol del atardecer
se filtra a raudales por la ventana enrejada salpicando la alfombra peluda con manchas de luz.
Por un instante solo permanecen allí paradas.
–Bueno, podría ser peor –dice Sylvie con alegría forzada. Marilyn desea que, de algún modo, le hubiera ido mejor. Que hubiera logrado al menos un anuncio más, un éxito más para mantenerlas apartadas de este lugar.
En el dormitorio diminuto que alguna vez fue suyo, y lo será de nuevo, Marilyn abre las ventanas y deja entrar un soplo de aire caliente. Ya son las cinco de la tarde, pero el calor no cede. Se queda mirando la línea distante de delgadas palmeras con copas temblorosas. Se le ocurre que lucen como soldados dispersos, los últimos que siguen en pie, en el campo de batalla de la ciudad, y levanta las manos formando dos “L” opuestas delante de sus ojos: el encuadre de una fotografía. Con un parpadeo –su obturador imaginario– congela la imagen en su mente.
–Eres tan hermosa –la voz de Sylvie le provoca un sobresalto. Se voltea para ver a su madre observándola desde la puerta, al tiempo que la radio de abajo transmite un anuncio y una voz le instruye que redoble el placer y redoble la diversión. De pronto, Marilyn se siente exhausta y desea derrumbarse sobre el suelo.
Cuando Sylvie se adelanta para envolverla en sus brazos, Marilyn recuerda el día –ya hace cerca de diez años– que dejaron la casa de Woody y se mudaron al entonces flamante apartamento que acaban de abandonar en Orange County. A Sylvie le encantaba la piscina y la alfombra nueva, pero para Marilyn lo mejor era el aire que no olía a nada. Había

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estado en su habitación guardando su ropa con cuidado en una cómoda rosada nueva cuando oyó a su madre gritando su nombre.
Al entrar corriendo a la sala, se encontró con su madre llorando y con su propio rostro en la TV. La Marilyn de la pantalla abría la tapa de un Mi Pequeño Pony y sacaba un brazalete adornado con piedras preciosas, exclamando ¡Hay una sorpresa para mí!, antes de besar a Twilight Sparkle en la coronilla. La imagen de sí misma le había provocado una sensación extraña –aquella no era ella, ¿verdad–. No realmente. No. Se halló queriendo retroceder de la pantalla, pero cuando Sylvie la atrajo hacia sí y susurró con reverencia–: “Eres tan hermosa, mi niña. Estás en la TV”, no pudo evitar sentirse complacida por el orgullo que sentía su madre por ella.
Marilyn permanece en los brazos de Sylvie, envuelta en su perfume –¿Eternity, de Calvin Klein?–. El aroma de su madre es un caleidoscopio de muestras del expositor de Macy’s, donde pasa los días convenciendo a los clientes de que una botella de Chanel o Burberry es una poción muy poderosa para transformarlas en el tipo de mujer que desean ser.
–Todo saldrá bien. Ya verás –dice Sylvie, como hablando para sí.
Suelta a Marilyn casi tan repentinamente como la abrazó.
–Ahora descarguemos las cosas así tenemos tiempo para la cena de cumpleaños.
Marilyn advierte que su madre hace un esfuerzo aún mayor que el suyo por no desmoronarse.
–Genial –responde, y le besa la mejilla.
Subir las escaleras con las cajas a cuestas no es tarea fácil. Para cuando cae el sol y el día comienza a declinar, el Buick está dos tercios vacío y ambas se encuentran transpiradas, luchando por cargar una de las cajas más pesadas del equipaje, la que contiene los libros de Marilyn.

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Al comenzar a retroceder para subir las escaleras, con los músculos del brazo ardiéndole por el esfuerzo, advierte la figura de un hombre
–alto, de hombros anchos, tez morena, la cabeza gacha– cruzando la calle hacia ellas mientras sopla un mechón de cabello para apartarlo del rostro. Marilyn lamenta tener las manos ocupadas. Quiere levantarlas para formar un marco y tomarle una fotografía mental cuando pasa debajo de un jacarandá y pisa un charco de pétalos color púrpura reunidos en la alcantarilla.
Mientras avanza rápidamente por el pavimento hacia su edificio, nota que debe tener casi su misma edad: aunque parece físicamente adulto, conserva aún los ojos asombrados de un muchacho. Lleva shorts de básquetbol, calzado deportivo y una camiseta blanca, empapada de sudor en la parte de adelante. Una serie de tatuajes cubren su brazo izquierdo.
–¡Marilyn! ¡Concéntrate! Ahora que tenemos que cargar tus ladrillos no es momento para que te embarques en una de tus travesías –protesta Sylvie. Y, tal vez al oír el ruido, el muchacho se voltea y ve a Marilyn mirándolo. Ella lo observa mientras carga la caja con esfuerzo y consigue dar un paso hacia atrás para subir las escaleras.
Aparta la mirada, pero luego de un momento el chico comienza a trepar hacia ellas.
–¿Necesitan ayuda? –su voz es diferente de lo que hubiera imaginado. Más dulce, más tímida. El sonido parece combinar con el delicado azul del cielo crepuscular.
–Cielos, ¡sí! Qué encanto. Alguien debió enviarnos un ángel –Sylvie deja caer la caja de inmediato: nunca fue de rechazar la ayuda de otros.
–Soy Sylvie, y ella es mi hija Marilyn. Es su cumpleaños.
Marilyn agradece el trajín; sin duda, ya le ha teñido las mejillas de rojo ocultando el rubor.
–Feliz cumpleaños –dice él sin vueltas. Ella cree percibir el calor que irradia el cuerpo del muchacho.

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–Gracias –deja que su mirada se desvíe hacia las gaviotas, volando alto contra las nubes rosadas. Intenta no mirar su camiseta, adherida a su cuerpo musculoso.
–¿Y tú eres…? –lo anima Sylvie.
–James.
–James. Qué bueno saber que tenemos un joven corpulento en el edificio.
–¿Se están mudando?
–Sí, sí. Estamos allá arriba. Mi hija es actriz, así que nos pareció que sería mejor que estuviera más cerca de Hollywood.
Marilyn sabe lo ridículo que debe sonar: es evidente que no es una actriz verdadera; de otro modo, no estarían mudándose aquí. Pero James tan solo asiente y levanta la caja. Su cuerpo está tan cerca del de Marilyn que, por un instante fugaz, alcanza a oler su piel. Aunque siente el esfuerzo en su respiración cuando camina detrás de él, su rostro no delata tensión alguna cuando lleva los libros al apartamento.
–Tenemos algunos más en el auto; no te importaría demasiado, ¿verdad? –dice Sylvie (más que una pregunta, se trata de una afirmación). Marilyn se estremece.
–Claro –dice James, y ella no advierte si está irritado.
Sylvie se queda dentro, fingiendo que está ocupada en tanto comienza a desempacar, pero Marilyn sube y baja las escaleras detrás de James llevando las cajas más livianas, decidida a hacer su parte. Con cada vuelta que él da, pasa rozándola, pero no la mira a los ojos.
Cuando han terminado, Sylvie vuelve a agradecer a James, y Marilyn lo sigue a la planta baja para cerrar el auto con llave. El cielo comienza a oscurecer, y el calor del día ha cedido repentinamente al árido frescor de las noches desérticas. Siente un escalofrío: aún lleva la ropa húmeda por el sudor.
–Entonces, ¿cuántos años tienes? –pregunta él al pie de las escaleras, volteándose hacia ella.

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Por un instante, Marilyn se siente confundida. Pero luego recuerda que es su cumpleaños.
–Diecisiete.
–Yo también –asiente.
Mira afuera hacia la acera, atestada de basura –una botella de Coca Cola, una lata de cerveza aplastada y, casualmente, una bolsa de Carl’s Jr. Carl’s Jr. fue el último anuncio para el que la contrataron cinco años atrás. Los cheques residuales no duran para siempre.
–¿Y de dónde vienen?
–De Orange County. Volvimos para quedarnos con mi tío. Vivíamos aquí cuando recién llegamos a LA.
–¿Eres actriz?
–No, en realidad, no. A mamá le encantaría que lo fuera. Estuve en un par de anuncios hace siglos… Es una cosa suya, pero hace tanto tiempo que le sigo la corriente que supongo que ya se convirtió en una rutina.
–Sí, lo entiendo. Me refiero a que tienes que ser lo que tienes que ser por las personas que amas. Lamentablemente, no siempre se trata de ti.
Marilyn asiente. Puede oler la cena que alguien prepara.
–Gracias por ayudarnos.
–Descuida.
Ella le sonríe y, por primera vez, él parece mirarla realmente.
–Nos vemos –dice él.
Marilyn lo observa desaparecer dentro del apartamento que está bajo su nuevo hogar y siente un hormigueo en la piel. De pronto, el edificio de South Gramercy 1814 se vuelve hermoso.
El tío de Marilyn no parece contento de verlas cuando entra una hora después y la encuentra desempacando la vajilla y a Sylvie hablando por

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teléfono con Domino’s. Woody es un hombre menudo, de cabello largo y gris recogido en una coleta, y una barriga pequeña.
–Hola, señoritas –dice secamente–. Bienvenidas de nuevo.
Sylvie cuelga el teléfono y se voltea hacia él.
–Gracias por dejar que nos quedemos –dice con entusiasmo y su voz más edulcorada.
–Eras la esposa de mi hermano –dice él al pasar.
Sylvie oculta su gesto de desazón con relativo éxito, pero Marilyn alcanza a verlo. Hay que decir en favor de Woody que accedió a cederle su dormitorio a su madre y a dormir en el sofá. La diminuta habitación de Marilyn, en cambio, ha sido mayormente el depósito de cajas, que ahora están desparramadas en el vestíbulo.
–Como conversamos –añade Sylvie rápidamente–, solo será por un tiempo. Mientras tanto, seremos las compañeras de piso ideales. Todo estará impecable, y no tendrás que preocuparte por nada.
–Tengo que admitir que me encanta tu cazuela de puré de patatas –insinúa Woody.
–Estaba pensando preparártela mañana. Acabo de pedir una pizza para esta noche. ¿Sabes? Tu sobrina cumple diecisiete años –le recuerda.
Woody mira a Marilyn, observándola con detenimiento. Desde que se fueron, apenas lo ha visto un puñado de veces. La última fue hace dos navidades, cuando fue a Orange County con una caja de doce cervezas y quedó desmayado en el sofá.
–Bueno –dice–, veo que has crecido bastante desde la última vez que estuviste aquí. Incluso, desde la última vez que te vi. Pásame una cerveza, ¿sí, muñeca?
Marilyn se dirige al refrigerador y saca una Miller Lite, apoyando un instante la botella fría contra la mejilla. Se siente ligeramente afiebrada, aunque afuera ha refrescado. El apartamento de Woody parece haber atrapado el calor del día.

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–Toma una para ti si quieres; es tu cumpleaños –dice.
Marilyn no lo hace.
Cuando llega la pizza, Sylvie insiste en que le pongan velas de cumpleaños, que ha conseguido sacar de una de las cajas aún embaladas. Marilyn se inclina sobre las llamas que comienzan a chorrear gotas de cera rosada sobre el queso: Deseo que, para estas alturas del año que viene, me encuentre bien lejos de aquí, en la universidad, en la ciudad de Nueva York, comenzando una vida que sea mía… Pero al cerrar los ojos para soplar las velas, es a James a quien ve detrás de sus párpados, la imagen de él jalando de ella como una corriente profunda.
Tumbada en la cama individual que cruje, y aún despierta, entre las sábanas gastadas de Mi Pequeño Pony que su mamá le compró hace años, Marilyn oye un murmullo de voces apagadas que entra flotando a través de su ventana. Una parece ser la de James, y hay otra, la voz de un chico. Intenta oír lo que dicen, pero hablan en voz baja y solo alcanza a distinguir las palabras Nana… zapatos… colegio… prometo… Algunas risas débiles.
Las voces desaparecen, y Marilyn queda a solas con el vacío de la habitación, donde una vez pasó sus primeras noches de insomnio en la ciudad. Levanta la mirada hacia los dibujos familiares que hay en el cielorraso, de la misma forma que un helicóptero sobrevuela en círculos. Entonces, unos instantes después, hay música. Cree reconocer la melodía, y la voz dulce que irrumpe desde la noche. Ponme a prueba, ponme a prueba… Imagina a James escuchando en su cama, y el sonido se convierte en un puente invisible entre los dos.
Por fin, se queda dormida, compartiendo su canción.

CAPÍTULO 2

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MARILYN se despierta bañada en sudor. La luz de la madrugada entra a raudales por la ventana. Afuera un camión de helado toca su canción, repitiéndola una y otra vez. Observa las cajas desparramadas a su alrededor y siente una opresión en el pecho. Respira hondo y levanta las manos, para encuadrar una imagen de los desechos de su vida; parpadea y toma una fotografía.
Descubrió su amor por la fotografía cuando se apuntó al anuario el año anterior, principalmente, para tener una actividad extracurricular que fuera útil y pudiera incluir en las solicitudes de ingreso a la universidad. Pero en lugar de tomar fotos solo de sus compañeros, pronto se encontró usando la cámara de treinta y cinco milímetros que le había prestado el colegio cada vez que podía: plasmó la foto de un niño que intentaba soltarle la mano a su padre, una chica acomodándose una rosa blanca detrás de la oreja, la estela blanca que un avión deja tras de sí en el pálido cielo azul, Sylvie recostada sobre un camastro de plástico en la piscina del apartamento mientras se inclinaba para pintarse las uñas del pie. A medida que Marilyn miraba a través de la lente, su entorno se convirtió en algo que valía la pena observar, que merecía conservarse. Comenzó a ir a la biblioteca para hojear libros de fotografía, analizando el trabajo de Robert Frank, Carrie Mae Weems, Sally Mann, Gordon Parks. Descubrió que, si aprendía a oprimir el obturador en el momento justo, cualquier cosa podía transformarse en arte. Pero, por supuesto, a fin de año tuvo que devolver la cámara. A falta de ella, había comenzado a tomar fotografías mentales: un intento por recuperar la imprescindible conexión con el mundo que la rodeaba.

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Cuando Marilyn sale a hurtadillas de la habitación, se topa con Woody sin camisa, fumando un cigarro, instalado delante de una vieja computadora con un logo de “Planeta Póker” en la pantalla, sobre una mesa de juego verde y varios jugadores animados.
–Buenos días –dice ella.
–Querida –responde tosiendo, con un dejo de tensión en la voz–, cuando estoy trabajando, tendrás que desaparecer. No me puedo dar el lujo de arruinar mi concentración.
–Descuida… –comienza a decir, pero la expresión de su rostro le sugiere que es mejor optar por el silencio.
Desde que lo conoce, Woody ha ganado dinero jugando a las cartas pero, aparentemente, el “trabajo” se extiende ahora al póker online. Una vez su madre le explicó que cuando recién se mudó a LA, su tío había conseguido un trabajo en la fábrica de Ford, pero cuando cerró se entregó de lleno al juego, esperando convertirse en el próximo Amarillo Slim –un exganador de la Serie Mundial de Póker, que aparecía en programas de entrevistas, cautivando al país con su arrastrado estilo sureño–.
Marilyn se mete en el bolsillo el billete de veinte dólares que Sylvie le deslizó debajo de la puerta junto con una lista de compras para la cena. Sale de la casa, disfrutando de una brisa ligera sobre la piel. El aire caliente huele a una mezcla de flores imperceptible y gases de tubos de escape. No tiene ni idea de dónde está situada la tienda más cercana, de modo que comienza a deambular hasta que encuentra por fin una, donde compra los ingredientes para la cena de su madre, además de una Coca Cola mexicana y un plátano: su desayuno. Para cuando regresa al apartamento una hora después, está traspirada y pegajosa. Al cruzar la calle hacia el 1814, ve a James salir del edificio, sin camisa, llevando un
comedero de colibríes. En el momento en que se dispone a colgarlo cerca de una ventana, ella advierte el tatuaje del contorno oscuro de un pájaro sobre el hombro izquierdo. Sin pensarlo, apoya las pesadas bolsas

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en el suelo y levanta las manos, encuadrando sus amplios dorsales, se enfoca en el pájaro sombreado sobre el hombro y en un colibrí vivo que revolotea a cierta distancia por encima del comedero. Justo cuando él comienza a voltearse, en el momento en que alcanza a ver sus ojos, Marilyn parpadea y toma la foto imaginaria.
Le lleva una fracción de segundo volver a la realidad y darse cuenta de lo extraña que debe parecer, parada al borde de la calzada de acceso, mirando a James a través de sus manos rectangulares. Rápidamente, las baja y lo saluda. Él frunce el ceño y hace lo mismo. La intensidad de su mirada la hace sentirse desnuda, como si con un solo vistazo pudiera despojarla de sus capas de defensa.
Al volverse para entrar, el colibrí que revoloteaba desciende sobre su comedero, batiendo sus diminutas alas frágiles.
Marilyn se desliza lenta y de puntillas junto a Woody, que se encuentra
exactamente en la posición en que lo había dejado, y pasa el resto del día limpiando y desempacando. Con la imagen de James aún en la retina, restriega las capas de polvo de los alféizares, la suciedad oculta de los suelos. Refriega el baño con lavandina, y se siente extrañamente reconfortada por el olor que borra el aroma de la casa, creando una página química en blanco. Acomoda la ropa de su mamá en gavetas y luego desempaca la suya. Ordena sus libros en cuidadas hileras individuales contra las paredes y pega sus fotografías con cinta adhesiva –las favoritas que había copiado en la fotocopiadora de la biblioteca–.
Del fondo de la última caja saca un león de peluche con la melena apelmazada, que sostiene un corazón rojo, ahora, apenas, de un hilo. Aunque no recuerda haberlo recibido, sabe que Corazón Valiente fue un regalo de su padre (como lo nombró hace muchos años). Intenta

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recordar su rostro, como suele hacer, y la invade la sensación de vértigo habitual. No admite ser visto cara a cara; es como un caleidoscopio que gira, una nave que se aleja mar adentro cada vez más. Todos sus primeros recuerdos parecen iguales: borrosos y escurridizos, como si estuviera recordando una niñez que no le pertenece.
Cuando Marilyn piensa en la muerte de su padre, es el grito de Sylvie el que oye. Había tenido un ataque cardíaco en el trabajo. En las siguientes semanas –o meses, no podía saberlo– se sucedieron el murmullo de la televisión; la fragancia de los cigarrillos Salem Light de Sylvie, inundando su pequeña casa de Amarillo; las pertenencias vendidas en una venta de garaje; los vecinos que vinieron a despedirlos con incómodas sonrisas. El temor silencioso que entró reptando y se alojó en el pecho de Marilyn mientras miraba por la ventanilla del auto, cruzando el paisaje abierto y decolorado del desierto –una tierra sin límites–. El segundo día del viaje, se quedó dormida junto a las cajas y se despertó de noche cuando el coche trepaba un camino oscuro, descubriendo un océano de luces encendidas que se desparramaban a lo lejos. Por un instante, en su estado de somnolencia, se sintió desorientada y creyó estar viendo estrellas. ¿Estarían al revés? ¿Se habría caído el cielo al suelo? El contacto de la mano de su madre, estrujando la suya.
–Mira, cariño. Ya llegamos. La Ciudad de Los Ángeles.
Sylvie está comenzando a preparar la cena –la cazuela de puré de patatas que tanto le gusta a Woody– cuando se voltea hacia Marilyn, sentada a la mesa pelando patatas.
–¡Te olvidaste la leche!
–No estaba en la lista –dice Marilyn, segura porque había cotejado dos veces el canasto con la lista garabateada de su madre.

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–Sí, lo estaba. ¿Ahora, qué? Woody regresará en cualquier momento…
–Puedo ir a comprar una –le ofrece Marilyn, aunque le molesta que le eche la culpa por el descuido.
–No hay tiempo. Te llevará por lo menos media hora. Ve a preguntarle a aquel muchacho –el que nos ayudó con las cajas.
Le incomoda pensar en tocar la puerta de James pidiendo leche, pero Marilyn sabe que su madre está preocupada por que Woody haya bebido unas copas de más durante su “turno” en el casino, y que espera mantener las cosas tranquilas con la cazuela prometida.
De modo que sale al húmedo crepúsculo y desciende rápidamente las escaleras. Mientras se encuentra de pie delante de la puerta junto al comedero de colibríes y golpea, le sorprende la intensidad con que le late el corazón en el pecho.
Unos instantes después, un muchacho abre la puerta. Parece tener unos once años, estar en el umbral mismo de la adolescencia, sin haberlo cruzado aún. Sus rasgos son una copia perfecta de los de James, salvo su serena reserva y la típica redondez infantil.
–¿Qué onda?
–Hola. Soy Marilyn. Acabamos de mudarnos al piso de arriba.
–Lo sé. Me lo dijo mi hermano.
–Ah –su corazón redobla el ritmo. ¿Qué había dicho James exactamente? Por lo menos lo suficiente para que su hermano la reconociera.
–Vives con ese viejo raro.
–Eh, sí, es mi tío.
–¿Justin? ¿Quién es? –se oye la voz profunda de un hombre desde el interior.
–¡La chica! –y así no más, le toma la mano y la hace entrar por la puerta.
Un hombre mayor, de unos sesenta y tantos años, está instalado en el sofá mirando Jeopardy! Es alto, de hombros anchos, con una cabeza calva y una sonrisa cálida. Su abuelo, supone Marilyn.

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–Hola, eh, soy Marilyn. ¿Nos acabamos de mudar arriba? –por algún motivo sale como una pregunta.
–Alan Bell –dice él, asintiendo.
–¡James! ¡Está la chica! –llama Justin. Suelta la mano de Marilyn, dejándola parada en el medio de la sala, rodeada del aroma de la cena que flota en el aire. Los muebles coloridos lucen desgastados de un modo acogedor y agradable. Las paredes desiguales, tan horribles en lo
de Woody, apenas se notan bajo las fotografías familiares, la impresión de manos infantiles en arcilla y las ilustraciones colgadas con esmero.
Alan la mira expectante.
–¿Viniste a ver a James?
–No, solo vine porque, eh, me olvidé de comprar leche en la tienda y mamá necesita un poco para completar su receta, solo una taza y media. No sabía si tenían un poco… que pudiera tomar prestada.
–Por supuesto –dice Alan, justo en el momento en que sale James. La forma en que la mira hace sentir a Marilyn como una intrusa.
–James, tráele un vaso de leche –le ordena su abuelo. Una mujer con pantuflas peludas color rosado y una bata del mismo tono entra arrastrando los pies desde la estancia contigua. Tenues líneas de risa pliegan el contorno de sus ojos, y tiene las manos cubiertas de harina.
–¿Y ella quién es? –pregunta. Marilyn queda sorprendida por su voz, aguda y suave como la de una niña.
–Marilyn. Solo vino a pedir un poco de leche –dice James.
–Eres una chica bonita. No dejes que te persiga –la mujer esboza una sonrisa burlona mientras James desaparece en la habitación contigua. Si oyó el comentario de su abuela, no da señales de admitirlo–. Soy Rose
–dice, y luego llama a Justin para que ponga la mesa mientras Alan le grita a la televisión: “¡Gin!”.
Marilyn voltea para mirar la clave en la pantalla: Es el licor que puede tomarse durante un juego de naipes del mismo nombre. Cuando un concursante

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con gafas adivina la misma respuesta correcta, Alan se da una palmada en la rodilla.
Un deseo ardiente crece en el pecho de Marilyn. El deseo de tener una familia como esta, una familia que ríe, grita y pone la mesa para cenar todos juntos, una familia que vive en un lugar que huele tan bien, que parece un hogar verdadero. No puede evitar que su mirada se desvíe hacia las fotografías de la pared. Hay una de James y Justin de niños, con una mujer que lleva un vestido floreado rojo y una sonrisa radiante.
James se acerca con el vaso de leche y la sorprende absorta en la imagen.
–Aquí tienes.
–Gracias.
En el momento en que su mano roza la suya, siente un chispazo. Pero él aparta la mirada hacia la TV: Un pescador consigue con una artimaña que una de estas criaturas quede atrapada en una botella.
Alan se encuentra perplejo.
–Que es un genio –dice James calladamente.
Marilyn observa su rostro.
–Hasta luego –dice.
–¡Adiós! –grita Justin.
–Un placer conocerte –tartamudea Marilyn en dirección al salón, pero James ya se encuentra abriéndole la puerta para dejarla salir.

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